sábado, 23 de abril de 2011

SHIAI.

En unos días más nos enfrentaremos al primer reto competitivo del presente año, que para la mayoría será la primera experiencia de este tipo de su vida como judoka.
Cuando inicié mi estudio del JUDO sinceramente despreciaba el SHIAI, considerándolo un forcejeo estéril y que degradaba la téncica. Lo cierto que el que tenía poco grado era yo, porque al pasar los años descubrí que el SHIAI es "el entrenamiento definitivo", pues pone a prueba no sólo los componentes técnicos, físicos y tácticos de un judoka, sino que además el temple de su carácter; la capacidad de generar la "no mente", ese estado de paz contemplativa que emparenta nuestra disciplina con el resto de las artes marciales japonesas. No obstante, a pesar de estos altos objetivos, lo cierto es que en el concierto del JUDO nacional son pocos los que sopesan el valor educativo del SHIAI. Presionados por la obtención de resultados competitivos, que a su vez les garantizen provisión de recursos para seguir trabajando, los entrenadores no hacen más que preparar mal llamados "atletas": "La factoría de atletas", reza el lema de un dojo, graficando plenamente mis dichos. Bajo ese estándar, los niños se ven forzados a practicar el JUDO de modo espartano, sin otro horizonte que el subirse a los cajones con una medalla en la cerviz, desconociendo en la mayoría de los casos el universo de contenidos que la disciplina tiene por ofrecer para quienes la cultiven a plenitud. Competimos para entrenar, no entrenamos para competir, es el lema con el que guío los pasos de mis pupilos sobre los tatamis ajenos. No es necesario demonizar la competencia, pero si a aquellos con visión de caballo carretonero que pretenden hacer del JUDO una mera actividad deportiva. En todo caso, el JUDO es más grande que cualquiera de nosotros; es más grande que el egoísta que apremia jovencitos para sus propios fines laborales y es más grande que yo, quien lo critica en este blog.

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