jueves, 18 de agosto de 2011
Lo mío es tuyo... lo tuyo es mío.
Cuando fuí autorizado e impulsado por mi Sensei a iniciar mi propio club de JUDO en la ciudad de Angol lo hice con la fe en que con trabajo sincero y honesto los recursos llegarían solos para enfrentar el desafío y así fue: primero conseguí una sala con buen espacio y que al poco tiempo me fue cedida gratis, luego diseñé un tatami artesanal que curbió nuestras básicas necesidades de seguridad en el entrenamiento y así, nunca me faltó ni donde, ni con quién entrenar. Años después, en otro local y con alumnos distintos a los que confiaron en mi instrucción por primera vez somos presionados a renovar y mejorar las isntalaciones, como si se tratase de una obligación contractual. Uno de los mecanismos dispuestos para ello es la obtención de fondos públicos del deporte. El problema de esta vía es que hay que constituírse como club ante las autoridades regentes del deporte nacional, conformar por tanto una directiva y permitirle a esta que administre los recursos y bienes del club, trámite inviable en primer lugar porque no contamos con la cantidad de socios exigida para dicha constitución. Pero sin duda lo que más me incomoda es tener que ceder la adinistración del futuro de la actividad a personas ajenas a mi propia voluntad. Prefiero seguir trabajando sobre un tatami artesanal, pero mío, teniendo siempre la prerrogativa de decirle a quien a mi me plazca que dé media vuelta y salga de mi Dojo (Que ya han habido ocasiones para hacerlo), basado en el principio de que, literalmente, hasta el piso bajo mis pies es fruto de mi esfuerzo y dedicación por décadas, estableciendo así para quienes pretendan acompañarme honestamente decirles "lo mío es tuyo..."
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